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jueves, 5 de noviembre de 2009

-LA NAVIDAD OCULTA, SU ORIGEN PAGANO Y CRISTIANO PARTE 1


La representación del nacimiento de Jesús y la Adoración son casi tan antiguos como la iglesia de Roma. Los primeros testimonios datan del siglo IV. En el siglo VII ya existía una recreación formal de la gruta de la Natividad en la basílica Romana de Santa Maria la Mayor.

Durante la Edad media, esa tradición se consolido en forma de dramas evocadores de la Natividad, escenificados en las iglesias. En ocasión de la mis de navidad solía representarse el episodio evangélico del nacimiento de Jesús con la participación del pueblo. Una madre con su hijo de pecho, o una doncella con un niño, recibían la visita de algunos pastores tan reales como la vida misma. A un vecino barbudo se le confiaba el papel de San José. El agraciado debía soportar el abucheo de todo el auditorio cuando pretendía tocar al niño. Pero de aquellos primeros belenes vivientes y festivos nació un género teatral.





En el siglo XII, el anónimo conocido como Auto de los reyes Magos empezaba con un Gaspar maravilladlo de la visión de la estrella de Belén. Hoy esta pieza de probable origen catalán es una referencia obligada en la historia de la literatura mundial.

La representación de un drama litúrgico de este genero conmovió a San Francisco de Asís. Y en 1223, con la autorización del Papa Honorio III, este santo fabrico el primer Belén navideño del que se tiene noticia en una gruta de la Toscana italiana: un niño Jesús esculpido en piedra, acostado en el pesebre, entre un buey y un asno vivos. Franciscanos y monjas clarisas lo difundieron por toda Italia y la aristocracia lo adopto como costumbre.

El sentimiento popular

Sin embargo, a pesar de contar con el aval oficial del Papa, el Belén de San Francisco no se inspiraba en el evangelio canónico, sino también en apócrifos condenados por la propia Iglesia en el siglo IV, como el Pseudos Mateo. Esto tiene un significado reseñable, porque indica que nació con vocación integradora, abierto a la religiosidad popular y al material dorado de la leyenda, generando así un ámbito de comunión alejado de la seriedad teológica y doctrinal. El Carlos III traería esta moda desde Nápoles a España en el siglo XVIII. Su famoso Belén del príncipe una esmerada obra realizada por artistas valencianos a pedido del monarca– puede admirarse hoy en el palacio real.

Entre las señas de identidad de esta representación de la natividad destacan los animales. Al buey y al asno pronto se añadió el gallo, que asumió el papel del ave anunciadora del advenimiento de Cristo a todas las criaturas. Con los años, la imaginación popular fue agregando otros elementos característicos para recrear la vida cotidiana, dando realismo al nacimiento.

Desde este punto de vista, el detalle más curioso lo constituyen esas figuras de pastores o campesinos representadas en cuclillas y en el acto de defecar, conocidas como cagoner, caconi, caganceiros, cañoneras o cagones, según las regiones y países. Son imágenes que aparecen incluso en la sillería de la catedral de Ciudad Rodrigo (Salamanca), en algunas fachadas de iglesias del siglo XV y hasta en un magnifico relieve en mármol denominado La Virgen y la montaña de Montserrat, obra anónima del siglo XVII que se conserva en Valencia.

En el siglo XVI, la Reforma protestante se mostró hostil al belén, que hasta entonces gozaba de excelente salud en Alemania, cuna de uno de los primeros belenes históricos: el de Fussen. El rechazo protestante inspiro una reacción católica y movilizo a los jesuitas –la milicia de la contrarreforma, que promovieron las asociaciones de «amigos del belén». El resultado de esta peculiar batalla fue amplia difusión y democratización en un escenario hogareño habitual en las casas de la burguesía durante el siglo XIX. En el siglo XX la costumbre se extendería a las clases medias acomodadas.

Sin duda, el término «belén» también contenía un simbolismo de profunda resonancia espiritual, ya que esta palabra significa «la casa del pan» y alude a Cristo como «pan que da la vida». Actualmente, este significado original de la navidad se ha perdido para la gran mayoría y esta festividad cristiana ha llegado a homologarse con la tradición pagana de la Nochevieja y el Año Nuevo, pero en sus inicios mantuvo un vínculo estrecho con el sentimiento religioso popular.

Los sones navideños

Si el belén nacido en Italia aporto la imagen navideña mas clásica en los países católicos, el villancico español se había anticipado a su introducción en la península, creando la música mas adecuada. Este género aparece ya en el siglo XV. Como forma de acompañar la representación de los Autos de Navidad con una cantata en el interior de la propia iglesia, que originariamente fue monódica y mas tarde derivó en polifónica, cuando al solista se sumo el coro.

Probablemente, su origen consistió en adaptaciones de poemas profanos medievales de amor humano, reconvertidos en temas de «amor a lo divino». Así lo sugiere su forma clásica – muy próxima a las estructuras mediavales–, que consiste en un estribillo seguido de una estrofa y rematado por una coda que retoma el tema inicial.

En el siglo XV, Gómez Manrique inició la tradición autóctona con una canción navideña. En los siglos de oro de las letras españolas, este genero adquirió un enorme prestigio gracias a poetas de la talla de Lope de Vega y Luís de Góngora. Su éxito fue clamoroso. Entre 1588 y 1605 se llegaron a publicar tres antologías de villancicos en España. Y antes de que acabara el siglo XVII la entrañable tradición desembarca en América.

La fecha clave de este hito histórico se remonta al año 1689, cuando en la catedral de Puebla se canto el primer villancico nacido en el Nuevo Mundo. Su autora fue la poetisa y mística mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, mujer de amplia cultura humanística, admiradora de la poesía de Góngora y uno de los talentos mas destacados de la poesía latinoamericana.

El árbol de luz

El Árbol navideño proviene de una tradición diferente. Símbolo universal como Árbol de la Vida desde antiguo, su conversión en un emblema navideño se produjo en los países nórdicos, donde existía una tradición pagana del Árbol de luz (Lichterbaun). En el ciclo artúrico y griálico, se prefigura su adopción por el cristianismo, cuando Parsifal –el caballero de corazón puro que llega a la corte de Arturo en Pentecostés tiene la visión de un Árbol de Luz con el niño Jesús en su copa.


En Europa, su origen precristiano lo asociaba con el roble, árbol sagrado de los druidas, y también con otras especies veneradas por los pueblos autóctonos, como el pino. Perola Iglesia acabó por imponer el abeto, argumentando que su forma triangular era mas apropiada a la trinidad, del mismo modo que desplazo al muerdago –planta sagrada de la antigüedad, traída como un don por los dioses a la Tierra– en beneficio del acebo, o que prefirió la piña a la manzana como símbolo de inmortalidad. Aunque esta ultima parecía idónea, porque al cortarla por la mitad sus semillas dibujan una estrella de cinco puntas evocadora de la «la Estrella de Belén», estaba demasiado asociada con la iconografía de Venus –diosa del amor, famosa por su tendencia a incurrir en adulterio, aparte de que también se había convertido en la fruta del Árbol del conocieminto del Génesis en la imaginería popular, que la vinculaba con las ideas de tentación y pecado original. En el siglo XVI, Martín Lutero adorno el abeto con velas, transformándolo en una representación del Árbol Cósmico. En el siglo XVIII, los sopladores de vidrio de Bohemia impusieron las bolas de colores brillantes que han perdurado hasta el día de hoy como emblema del cielo estrellado.



En cualquier caso, el Árbol aporta elementos de notable interés. Por un lado, establece un vínculo con las tradiciones paganas en calidad de «Eje del mundo», símbolo del principio masculino que sirve de puente entre la Tierra y el Cielo. Su raíz se hunde en el «Ombligo del mundo», apuntando al centro de Gaia como matriz materna de la vida, y su copa se alza hacia el firmamento paterno, que tradicionalmente representa el ámbito celestial. Por otro, la inclusión de la Estrella de Belén en la cima funde en un único emblema sagrado a todos los antiguos cultos estelares de egipcios, persas y babilónicos y les convierte en anunciadores del nacimiento del Mesías cristiano.

Con el tiempo la vieja hostilidad ha desaparecido. Hoy el Árbol y el belén conviven en pacifica armonía. Como los Magos de Oriente y Santa Claus. Nuestras navidades se han convertido así en un escenario sincrético y hospitalario, acorde con una cultura planetaria y democrática.

En este nuevo ámbito, el antiguo culto del árbol integra numerosas tradiciones, como el que recoge la Festa del Pi catalana y mallorquina, una costumbre que también se observa en Francia –bûche de Nöel– y en otros países europeos.

El tío catalán es el tronco de un pino talado para esa ocasión, quemado en el hogar, como símbolo del fuego solar que se pretende reavivar en el momento en el cual los días empiezan alargarse y las noches a acortarse. En una oquedad del tronco se esconden golosinas y regalos, que salen a la luz por medio del apaleamiento del tío como animados por una varita mágica.

Pero las formas que adquiere este simbolismo del árbol y el fuego son enormemente variadas, incluso sin abandonar la Península ibérica. En todos los casos, es frecuente que a las cenizas del tronco o leños quemados se le atribuyan efectos mágicos y virtudes sanadoras variadas, según algunas creencias que, seguramente, se remontan a la noche de los tiempos.

Juguetes y regalos

Si la natividad inicia el ciclo del solsticio de invierno el 25 de Diciembre, la Adoración de los magos lo cierra el 6 de Enero. Originariamente, Santa Claus –el hijo americano del Klaus holandés, primo hermano del Papa Noel francés y del padre invierno británico– repartía sus regalos en 8 de diciembre. Pero la costumbre trasladó su día al 25 de diciembre, en competencia con la tradición católica de hacer coincidir los regalos infantiles con los presentes que los Magos hicieron a Jesús en el pesebre, en la festividad del 5 de enero.

De todos modos, el Santa Claus nórdico y anglosajón se inspiro en dos fuentes muy distintas: una pagana y otra católica.

La primera aporto la personificación del invierno, que hunde sus raíces en la cultura vikinga.

La segunda nació del culto popular a un obispo católico del siglo IV, histórico como la vida misma y famoso por sus milagros y su generosidad, que le llevo a prodigar todos sus bienes entre los pobres. La leyenda piadosa atribuyó al buen San Nicolás numerosos prodigios, entre ellos el de dar evangélicamente, sin darse a conocer. Así por ejemplo, en una ocasión dejo caer por la chimenea de una caca bolsas con monedas de oro para aportar la dote con que casar a tres jóvenes, cuyo padre arruinado estaba a punto de casar con quien pagara el precio.

Sin embargo, mucho mas tarde el pobre Nicolás vería como se le privaba de su hábito y tocado obispal. Su imagen fue reconvertida en la de un gnomo regordete de resonancias paganas, evocador de los duendes buenos, y se le enfundo en un traje rojo, añadiéndole un gorro picudo de idéntico color. En el siglo XIX, los americanos decidieron motorizarlo, dotándolo con el famoso trineo volador tirado por renos y suavizaron su aspecto inicial de gnomo hasta transformarlo en un señor gordo y bonachón, con abundante melena de plata y largas barbas blancas como la nieve. De la memoria de su antiguo modelo pagano conservaría su residencia en el Polo Norte y del San Nicolás cristiano y legendario le quedaría la costumbre de entrar por las chimeneas para dejar regalos a los niños.

La nueva generación –que nada sabe de antiguas guerras, pero si mucho de sacarle partido a la tradición, se ha apuntado al Santa Claus americano sin renunciar a los Reyes Magos católicos, como una forma de recibir regalasen ambas fecha.

En origen, el presente navideño era un símbolo mediante el cual se expresaba el deseo de distinguir al beneficiario con un amuleto de buen augurio para iniciar el nuevo año. En este sentid, representa un gesto afectuoso, mediante el cual se pretende enseñarnos un valor espiritual: la alegría de dar.

Del ágape al banquete

Actualmente, el banquete copioso y bien regado en vinos diversos, es una seña de identidad que tienen en común Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo. Sin embargo, al principio se solía ayunar en vísperas de la navidad. La comida después de media noche era frugal y conservaba un sentido cercano de ágape ritual. La ingesta se limitaba a un simple colación, a la que con el tiempo se añadirían verduras, frutas y dulces, pero excluyendo la carne. Cuando también se hizo costumbre añadir pescado, se abrió de par en par la puerta al banquete navideño moderno. Pero el primer ancestro de los postres, panteones y roscones, fue simplemente un pan especial llevado a la iglesia para ser bendecido durante la misa de media noche. De este «pan de navidad» solo se comía un trozo. El resto se guardaba como remedio mágico para usarlo en caso de enfermedad, una costumbre que mas tarde se extendería a los bollos y al roscon de Reyes.

En el corazón de las navidades convergen muchas culturas, cuya memoria reclama nuestra atención. Tal vez, seria enriquecedor que aprovecháramos el ciclo festivo para pensar en su significado. Los símbolos que se concentran en este escenario evocan la idea de nacimiento y renacimiento, el Sol que muere con el día mas corto del año para volver a renovar el ciclo. De ahí que la ubicación de fin y Año Nuevo a mitad del ciclo del solsticio, que se extiende de Navidad a Reyes, este cargado de referencias cósmicas y aluda al cielo y a los ritmos estaciónales. La navidad cristiana no ignora este simbolismo ancestral y pagano, pero se erige enana imagen cristalizada que, a través del belén y el Árbol, actualizan un evento único: la irrupción de Dios en la historia, encarnando una existencia mortal, para conferir inmortalidad a la aventura del hombre.


El nacimiento de Jesús que relata Mateo es el corazón del ciclo festivo del solsticio de invierno, que se extiende hasta el 5 de enero. Pero esta narración simbólica también transmite una historia real a través de la cual podemos vislumbrar el verdadero rostro del Mesías que ilumino al mundo desde Galilea.

Cada año se representa la misma escena familiar: La estrella que guió a los magos de Oriente hasta el pesebre, La virgen y el niño Jesús. Son imágenes inspiradas en el evangelio según San Mateo, que preceden a la huida de Egipto y a la matanza de los inocentes. Pero pocos advierten que este relato encierra una historia oculta y un misterio fascinante.

Para muchos autores se trata de una «leyenda» sin contenido histórico. Las estrellas no se mueven. Tampoco existe mención de una matanza de niños en otras fuentes. Solo Mateo narra estos hechos. Por tanto, su conclusión es que este invento un suceso milagroso para rodear el nacimiento del Mesías cristiano de grandes prodigios en el Cielo y en la tierra. El resultado abría sido el mito de la Natividad, completado entre los siglos II y IV por apócrifos como el Pseudos Mateo.

La estrella y los Magos.


Sin embargo, la estrella que tanto ha dado que hablar sirvió de guía a todas las culturas antiguas, como un autentico faro celeste. Era Sirio, La estrella-perro (guía) de la constelación de Orión. En los días de Jesús, los sabeos mandeanos rindieron culto a «la Estrella-guía». Al parecer, Juan el Bautista fue un mandeo. Y la conexión de esta corriente judía heterodoxa con Egipto era estrecha: Peregrinaban a Giza, creían que las tres pirámides de dicha meseta eran las tumbas de sus profetas Set e Idris (Enoch) y reivindicaban una religión adámica de la cual había sido seguidor Abraham, el primer antepasado de Jesús en la genealogía de este que recoge Mateo. Y ciertamente, «la Estrella Guía» de los Mandeos (Sirio), se movía: su ascenso en el cielo precedía a Orión, (o como se le conoce el cinturón de Orión) cuyo cinturón tachonaban tres astros rutilantes: tres magos que peregrinaban en el firmamento de Oriente. Las pirámides de Giza habían sido concebidas por los antiguos egipcios como un reflejo de estos tres astros del cinturón de Orión sobre la Tierra.



En esta cultura, Orión era Osiris, el dios muerto y resucitado por su esposa Isis, identificada con Sirio. Como para ellos Escorpio era el falo (pene) del Osiris celeste y dicha constelación se ocultaba cuando se levantaban Sirio y Orión, la procreación del dios hijo Horus se había consumado sin intervención del sexo de Osiris, devorado por un pez. El milagro se repetía todos los años y su signo era la inundación del Nilo, el reflejo en la tierra de la vía Láctea.

La conexión egipcia de la navidad cristiana aparece en Mateo desde el principio. La genealogía de Jesús se compone de 3 tramos de 14 generaciones cada uno. Y Mateo añade algo obvio: si sumamos el segundo tramo de 14 al primero obtenemos 28 y , añadiendo el tercero, hacen un total de 42. Los tres números son claves del mito de Osiris, que en el año 28 de su reinado fue asesinado y mutilado en 14 trozos por su hermano Seth.

Después, el dios fue resucitado por su esposa Isis, asistida por el dios Thot, que había compendiado la suma de la sabiduría divina revelada a los antiguos egipcios en 42 libros secretos (el total que suman las generaciones de Mateo). Con este simbolismo, este nos señala la pista egipcia, precisamente el país hacia donde se dirige la sagrada Familia después de la Adoración de los magos.

En su genealogía Mateo incluye a 5 mujeres. ¿Por qué solo 5 entre 42 posibles? La respuesta es fácil. La estrella de 5 puntas representaba el dominio estelar y el numero sagrado de Horus, símbolo de sus ojos y de su linaje divino: el Sol paterno (3) y la Luna materna (2). Y otro indicio de que la estrella de Belén era Sirio, representada como estrella de 5 puntas en la cultura del Nilo y por los iniciados.

El numero 5 y su figura geométrica asociada (pentágono), que dio lugar al pentagrama

–estrella de cinco puntas inscrita en el circulo–, tenia un profundo significado místico. Por el hecho de unir al primer par (2, numero femenino) y al primer impar (3, masculino) era considerado un símbolo nupcial.

Así lo interpretaban también los pitagóricos griegos, entre quienes fue un signo de reconocimiento entre iniciados, como la imagen del pez para los primeros cristianos, evocadora del pez que devoro el falo de Osiris y también del misterioso pez-profeta, hermanos de Horus, en una variante del mito egipcio que transmite Plutarco, en la cual este dios hijo se autoengendra en Edfu. Como el pez (Picis), también el 5 tenia resonancias astronómicas entre los griegos, porque se asociaba a los cinco planetas conocidos y especialmente a Venus, antigua diosa madre.

Mateo nos transmite así la naturaleza divina de Jesús (divina por venir de arriba) desde su nacimiento: el cumplimiento de una promesa revelada a todas las culturas desde la noche de los tiempos. El hijo de Dios había encarnado aquella noche que conmemora la navidad. La estrella-guía Sirio condujo a los magos celestes del cinturón de Orión. Al iluminar el pesebre, estos derramaron la gracia de Dios sobre el niño: incienso (santidad), mirra (sabiduría y resurrección) y oro (realeza). Ni la estrella-guía ni los magos faltaron en aquel establo.

Esta conexión egipcia esta bien documentada. En sus Anales, el historiador romano Cornelio Tácito –que fue miembro experto de una comisión imperial para asuntos religiosos–, afirma que los judíos formaban «una sola superstición con los egipcios». Tácito se refería a los primeros cristianos, que se consideraron judíos hasta su separación de la sinagoga, consumada bajo Heron.


La "estrella" de Belen desde el punto de vista ufologico

La estrella de Belén, cuya aparición está tan íntimamente ligada al fenómeno Jesús, es -como se puede repasar en los Evangelios- una «estrella» que se mueve y que, además, tiene la facultad de detenerse. No es extraño que una estrella esté aparentemente «parada» en el firmamento, como parece que lo están todas las que vemos normalmente, ni tampoco que una estrella se mueva, como es el caso de las estrellas fugaces o de los bólidos o cometas. Lo que sí se sale realmente de lo usual es que haga ambas cosas: moverse y pararse. Y que, además, demuestre ser inteligente: «Salieron, y la estrella que habían visto en Oriente» -podemos leer en los Evangelios- «iba delante de ellos hasta que se detuvo encima de donde se hallaba el niño.»

Se le ha querido dar una explicación astronómica a este fenómeno de la llamada estrella de Belén, aduciendo que se habría tratado de la conjunción -tercera conjunción por aquellas fechas- de los planetas Júpiter y Saturno. En dicha conjunción los citados planetas se juntaron ópticamente en dirección Sur de tal manera que los magos de Oriente, en la ruta que seguían de Jerusalén a Belén, siempre tenían a estos dos planetas que formaban una sola estrella, delante de ellos. La estrella iba efectivamente, como dicen los Evangelios, precediéndoles.

Hasta aquí, todo correcto. Pero si hubieran caminado siempre en la dirección que les indicaba esta conjunción de Júpiter y Saturno -y dado que se trataba de un fenómeno extraatmosférico que por lo tanto, por mucho que avanzasen los magos, siempre habría estado situado por delante de ellos- a donde habrían llegado es a las aguas litorales del mar Rojo.

Pero no: se detienen a 7 Km. escasos de Jerusalén. ¿Por qué? Porque no iban en pos de la conjunción Júpiter-Saturno, sino de un objeto brillante que finalmente se detuvo a baja altura encima del lugar en el que se hallaba el niño Jesús. Un objeto volador que se movía inteligentemente dentro de nuestra atmósfera.