viernes, 3 de mayo de 2013

-★DESMINTIENDO ARITMETICAMENTE LA CIFRA DE LOS 6 MILLONES DE JUDIOS "GASEADOS" PARTE 4


PARTE 4






El mito de Ana Frank PAG. 70

Fue precisamente en el campo de concentración de Bergen-Belsen donde, en marzo de 1945, se dice que murió la niña judía Ana Frank. El libro que cuenta los horrores de su historia concentracionaria apareció en 1952, con el título «Diario de Ana Frank», convirtiéndose inmediatamente en un «best-seller». Desde entonces se han hecho, sólo en lengua inglesa, cuarenta y dos ediciones y una película en Hollywood. El padre de la niña, Otto Frank, en royaltyes sólo, por la venta del libro, ha hecho una fortuna. También ha ingresado mucho dinero por los derechos sobre la película y las versiones teatrales que se han hecho en numerosos idiomas. Esta fortuna la ha amasado, no lo olvidemos, gracias a la venta de un libro que cuenta la historia de la – se asegura – tragedia real de su hija.

Según afirma, atinadamente, el escritor inglés Harwood, 1

«...apelando directamente a la emoción del público, el libro y el film han influenciado literalmente a millones de personas, ciertamente a muchas más que cualquier otra historia de esa clase. Y, no obstante, sólo siete años después de su publicación inicial, la Corte Suprema del Estado de Nueva York estableció que el libro era un fraude».

La verdad sobre el Diario de Ana Frank fue revelada, en primer lugar, por el periódico sueco «Fria Ord», en 1959, en una serie de artículos diarios aparecidos en marzo. En abril de aquel mismo año, la revista americana «Economic Council Letter» 2 resumió los artículos de su colega sueco, con la siguiente gacetilla:

La Historia nos proporciona muchos ejemplos de mitos que tienen una vida más rica y más larga que la verdad, y que, sin duda, pueden llegar a ser más efectivos que la verdad.

«El Mundo Occidental, durante varios años, ha podido enterarse de las vicisitudes de una niña judía, a través de lo que se ha afirmado que fue su diario personal, personalmente escrito por ella Pero ahora, una decisión de la Corte Suprema del Estado de Nueva York nos informa de que el escritor judeo-americano, Meyer Levin, ha recibido, o deberá recibir, por orden del juez, la suma de 50.000 dólares que deberá pagarle el padre de Ana Frank, en concepto de honorarios por el trabajo de Levin en el libro titulado precisamente El Diario de Ana Frank».
Una triste historia, en verdad. Un señor se hace millonario gracias a una lacrimógena historia, que dice haber escrito su hija, muerta. Luego para pagar al autentico autor de la historia tiene que ser llevado a los tribunales. Y, por favor, que no se diga que todo esto es una maquinación antisemita.
Si el demandado, y condenado a pagar, Otto Frank, era judío, también lo eran el demandante, el autor Meyer Levin, así como el Juez, Samuel L. Coleman. 3

1 Richard Harwood: «Did Six Millions Really Die?»
2 «Economic Council Letter», New York, 15-4-59.
3 Lo referente al caso Weyer Levin  - Otto Frank está archivado en la Oficina del Condado de Nueva York (New York County Clerk’s Office), con el número 2241.1956, y también en el «New York Supplement, II Serie 170, y en 5, II Serie 181. Otto Frank apeló contra la cuantía de la sentencia, alegando vicio de forma en la demanda. Le fue dada razón. La sentencia fue casada, y todo terminó en un arreglo amigable entre el padre de Anna Frank y el autor de «su» libro, Meyer Levin. Así obtuvo Otto Frank una rebaja en la cifra a pagar (Harwood, op. cit.).


Naturalmente, que el Diario de Ana Frank es una farsa, destinada a formar parte del arsenal ideológico de los mantenedores del mito, lo saben muchas personas (aparte, claro es, de los beneficiarios del Gran Fraude de los Seis Millones)  pero la gran masa del público lo ignora. Y no obstante, como fraude, es de los más burdos que se han llegado a concebir y su éxito hace dudar muy seriamente por lo menos. Dudar de la capacidad mental del hombre disuelto en la masa.
Veamos. El Diario de Ana Frank se ha vendido al público como si fueran las auténticas memorias de una niña judía de Amsterdam, que, a la edad- de doce años, escribía sus vivencias en unos cuadernos, mientras ella y cuatro familiares judíos se escondían en una buhardilla durante la ocupación alemana. Eventualmente fueron detenidos y mandados a Bergen-Belsen, donde se dice que la niña murió, probablemente del tifus. El «se dice» se basa en el testimonio de su padre Otto Frank, el cual, al salir del campo de concentración al final de la guerra, regresó a su casa de Amsterdam y, casualmente, encontró el diario de su hija, escondido en una cavidad entre la viga y el techo.
¡También es casualidad ir a encontrar el diario en sitio semejante, caramba!
¿Qué debía estar buscando el viejo Otto Frank, entre la viga y el techo?.
¿Qué raras cabriolas debió hacer Ana Frank para encaramarse por la pared y esconder su obra literaria en sitio semejante?
¿Qué providencial coincidencia fué necesaria para que mientras la joven literata se entregaba a sus ejercicios de alpinismo interior, los otros cuatro ocupantes de la habitación, incluyendo su padre, miraran a otro lugar?.
Y en cuanto a la obra en sí:
 ¿Puede, realmente, creerse que una niña de doce años escribirá, en la segunda página de su Diario, un ensayo filosófico sobre lo que va a escribir tal diario, y en la tercera página una historia de la familia Frank, antepasados incluidos?
¿Es lógico que una niña de doce años, que vive confinada en una buhardilla esté al corriente de las medidas antijudías de los nazis, incluyendo fechas y nombres propios?
¿No es descorazonador pensar que millones de personas han podido creer en la autenticidad de este «Diario»?
¿No es increíble que por el mero hecho de haber osado poner en duda la autenticidad del Diario, el Profesor Stielau, de Hamburgo, fuera expulsado de su cátedra, en 1957?
Hemos dicho que el Diario de Ana Frank era, no sólo un fraude, que eso está establecido por sentencia de juez,  (y de juez judío, además)  sino que era un fraude burdo. Paul Rassinier, ex-miembro de la Resistencia Francesa, miembro de la Sección Francesa de la Internacional Obrera, deportado por los alemanes, pensionado en media docena de campos de concentración e inválido de guerra al 90% afirma 1 que las ediciones francesa, alemana e inglesa del Diario difieren fundamentalmente, y que la escritura que dice ser la de Ana Frank, fotocopiada, en el libro «Spur eines Kindes» del alemán Ernst Schnabel. difiere totalmente de la escritura de Ana Frank en el manuscrito original, escritura que, por cierto, se parece muchísimo a la de su buen padre, Otto Frank.
El caso de Ana Frank es el más espectacular, pero es un caso aislado. Por ejemplo, cuando, en 1954, se discutía sobre la necesidad de rearmar a Alemania Occidental, a lo que se oponía el entonces Primer Ministro Francés, el sefardita Pierre Méndes France, aparecieron, con notoria oportunidad, las «memorias» del niño Rubinowich, otro adolescente judío muy dotado para la literatura lacrimógena. Estas «memorias» aparecieron, por cierto, en un cubo de basura (sic). Inmediatamente la Gran Prensa, armó un alboroto de mil diablos, recordando que los alemanes eran unos desalmados y la cuestión del rearme se aplazó. Simultáneamente el Shylock israelita exigía otra libra de carne a Alemania para alimentar a su colonia de Palestina. Más importante que el caso mencionado fué el de Emmanuel Ringelblum versión oriental de Ana Frank; claro que en masculino y de más edad. El tal Ringelblum escribió «Notes from the Warsaw Ghetto: the journal of Emmanuel Ringelblum» (Notas del Ghetto de Varsovia: el Diario de Emmanuel Ringelblum).
Ringelblum, según él mismo afirma, había sido un líder en la campaña de sabotaje contra los alemanes en Polonia, así como en la revuelta del Ghetto de Varsovia en 1943, hasta que fué arrestado y ejecutado como partisano en 1944. El diario está lleno de referencias fantásticas sobre crueldades alemanas, todas ellas gratuitas y barrocas, como siempre, y especialmente, de crueldades contra niños y niñas judíos.
MacGraw-Hill, los editores de la versión inglesa del libro se vieron forzados a admitir que no se les permitió ni siquiera echar un vistazo al manuscrito original, guardado en Varsovia, y si solo a una versión expurgada por el gobierno comunista polaco. Ringelblum en el Este. Ana Frank en el Oeste. «Diarios» y «Memorias» que son triunfalmente presentados como pruebas por los sacerdotes que mantienen vivo el culto al Mito de los Seis Millones. Pruebas que son completamente inválidas como documentos históricos.

1 Paul Rassinier: «Le drame des Juifs Européens»; pag. 42. Editions des Sept Couleurs. Rassinier
muestra las fotocopias de ambas escrituras que no dejan lugar a dudas. Se trata de la escritura de dos
personas diferentes. (N. del A.)

NOTAS EXTRAS DEL AUTOR DEL BLOG:.
También hay que agregar:
-Las pruebas recopiladas por Ditlieb Felderer en Suecia y por el Dr. Robert Faurisson en Francia prueban, definitivamente, que el famoso Diario es una falsificación literaria.
-La historia había sido escrita en bolígrafo, un instrumento que no se comercializó sino en los años posteriores al fin de la guerra.
  

Auschwitz-Birkenau PAG. 75

El varias veces aludido Instituto de Historia Contemporanea. más de la mitad de cuyos miembros son judíos. pese a que se vio forzado a admitir que las cámaras de gas nunca funcionaron en el territorio del Reich. preciso que «las exterminaciones masivas de judíos empezaron en 1942. en algunos lugares de Polonia, pero, en ningún caso, en territorio aleman».
En ningún caso en territorio alemán, dice el Instituto Este Instituto sabe hacer bien las cosas. Excepto para Juan Pueblo, que engullira ingenuamente cualquier cosa que le repita suficientemente la Radio, la Prensa o la Televisión al servicio de los poderes politicos establecidos, resulta evidente que la historia de las cámaras de gas es insostenible.
En cuanto a los crematorios, todos los testimonios de primera mano han afirmado que se utilizaban para incinerar los cadáveres de los numerosos fallecidos a causa de las epidemias, la inanicion y los bombardeos. Entonces, los resistencialistas de Munich sitúan las «cámaras de gas» en Auschwitz, en la actual Polonia boichevizada, donde las autoridades locales no permiten ninguna encuesta histórica seria, y el historiador se vé obligado a creer en el testimonio de las honorables autoridades comunistas polacas bajo palabra de honor. (sic)
Esos «lugares de la Polonia ocupada» citados por el muy oficioso Instituto de Munich son:
1-Chelmno,
2-Belzec,
3-Maidanek,
4-Seibidor,
5-Treblinka,
6-Stutthof  y
7-Auschwitz- Birkenau.

Por lo que se refiere a los seis primeros, la existencia y funcionamiento de las «camaras de gas» no ha sido atestiguada más que por el llamado «Documento Gerstein», del que más adelante hablaremos, y que presentó tal número de falsedades y exageraciones que el propio Tribunal de Nuremberg lo rechazó. Queda, pues, Auschwitz-Birkenau, el mayor de los campos de concentración nazis, ubicado en Polonia, y donde se han «colocado» como último refugio, las exterminaciones masivas, mediante las «cámaras de gas», de los judíos.
Antes de seguir adelante, queremos llamar la atención sobre una coincidencia fantástica. Los alemanes tenían, aproximadamente, medio centenar de campos de detenidos, aunque sólo 30 merecieran el pomposo título de campo de concentración. De estos 30, y tras haberse asegurado inicialmente que todos poseían sus cámaras de gas, luego, al irse demostrando que tal aseveración era falsa, se aseguró muy seriamente que sólo poseían tal tipo de instalación 7 campos, situados en Polonia, es decir, en territorio ocupado por el Ejército Rojo. Auschwitz, concretamente, en la Alta Silesia, era étnicamente territorio alemán y fué reincorporado al Reich en 1939, al hundirse Polonia. Evidentemente, era posible – al menos, era matemáticamente posible – que los nazis instalaran cámaras de gas en 7 de sus 30 campos de concentración, y que estos 7 campos de. concentración, provistos de cámaras de gas fueran los que cayeran en manos de los soviéticos, mientras que los otros 23 desprovistos de cámaras de gas – tal como seadmitió oficialmente nueve años después – cayeran en manos de americanos e ingleses. Esto es matemática. mente posible. Como es posible que arrojemos 30 monedas al aire; 23 blancas y 7 negras; y que al caer sobre el tapete las 23 blancas salgan cara y las siete negras salgan cruz. Es el mismo caso. La posibilidad matemática de que esto ocurra es, exactamente, igual al cociente del factorial 23 dividido por el factorial 30, es decir, que hay una posibilidad contra 2.035.800. (Una contra dos millones, treinta y cinco mil ochocientas).

No cabe duda. La posiblidad existe. Algo remota, esto parece innegable. Pero existe. Tras haberse afirmado que en Dachau, Belsen, Buchenwald, Dora, y demás campos ocupados por los occidentales hubieron cámaras de gas, la investigación histórica, dirigida por los ocupantes o por entidades contando con su placet, ha debido admitir, bien a regañadientes, que en tales campos no hubieron – o, más exactamente, no llegaron a funcionar – pues alguien las construyó después del final de la guerra – las fatídicas cámaras de gas. Como en los paises «socialistas» la investigación histórica no ha podido llevarse a cabo por haber opuesto una rotunda negativa las autoridades polaco-soviéticas, se ha admitido, oficialmente, que en los 7 campos precitados si hubieron «cámaras de gas», aduciéndose, como prueba, la palabra de honor del Gobierno Polaco. Delicioso. Resulta refrescante, en este mundo materializado, comprobar con qué rara unanimidad se acepta, como prueba incontrovertible, sólido como la roca de Jehová en el Monte Sinai, la palabra de honor de un Gobierno, que ignora, sin duda, lo que se llama «razón de Estado» que tantas mentirijillas diplomáticas ha alumbrado. Sin ocurrírsenos, ni por asomo, poner en duda la palabra del honorable Gomulka, nos permitiremos recordar que, hasta ahora, nunca la palabra de honor de un gobierno, y menos aún, de un gobierno interesado, se ha considerado irrefutable prueba histórica. Por consiguiente, vamos a estudiar, con cierto detenimiento, el caso de Auschwitz.
La revista australiana «Perseverance»1 publicó la siguiente gacetilla que reproducimos in extenso por considerarla de gran interés:

1 «Perseverance», Merredin, Australia, 1 5-V- 1977.

«Día tras día siguen comentándose las supuestas atrocidades nazis y la gente sigue creyéndolas sin pararse a pensar si tales y tantos crímenes son lógica y matemáticamente posibles. Klaus Losch, se paró a pensar en que todo esto fuera falso y a través de todos los datos que pudo recoger, ha reconstruido este estudio, basándose, además, en la capacidad de trabajo de un moderno horno crematorio existente actualmente en la ciudad alemana en que vive, Bocholt.
Se ha dicho en la mayoría de los reportajes, que sólo en Auschwitz murieron unos tres millones de seres humanos. Pues bien: teniendo en cuenta que el campo de Auschwitz operó durantes cuatro años, para conseguir llegar a la cifra de tres millones de asesinados, debieron ser incineradas 750.000 personas por año, lo que quiere decir 62.500 cada mes, o sea, 2.083 cada día. De acuerdo con posteriores declaraciones hechas por los propios testimonios de cargo y admitidas por el Tribunal de Frankfurt que juzgó a los guardianes del campo de Auschwitz, estos crímenes se efectuaban por la noche, para guardar el secreto. 1 Por lo tanto, los 2.083 individuos debían ser asesinados y quemados en las doce horas nocturnas, operación que debió repetirse durante 1460 días (los cuatro años de servicio). «Segun se afirmó, los restos de las victimas fueron enterrados. El peso de la tierra o arena, es un 40 por ciento mayor que el del cuerpo humano; si consideramos un peso de 120 libras (unos 60 kg) de peso por cuerpo humano, eso significa 168 libras de tierra, o sea que cada día se debieron quemar 124 toneladas de carne humana, lo que corresponde a 174
toneladas de tierra que se ha debido remover para enterrarlos. En esos cuatro años 254.000 toneladas de tierra debieron ser removidas y puestas en algún sitio. Al final de la guerra debería existir un muro de tierra alrededor de Auschwitz de 18 pies, es decir, de cinco metros y medio de altura. ¿Dónde está?.
«Se ha dicho que los cuerpos fueron quemados, pero esto es totalmente imposible. Las siguientes cifras se basan en datos obtenidos en el. actual crematorio de Dortmund. Consideremos que en la guerra usaban carbón en vez de gas, como en los modernos crematorios de hoy en día. La incineración de un cuerpo humano de peso mediano necesita hoy día 30 metros cúbico; de gas, y una densidad de calor que requiere 325 kilos de carbón. Para incinerar 2.083 cuerpos diarios son necesarios 60.490 metros cúbicos de gas, o 677 toneladas de carbón por día; 677 toneladas de un material tan vital en periodo de guerra, y durante cuatro años. Es imposible que usaran tal cantidad considerando la crítica situación militar de aquellos días. «Veamos otro cálculo más. Hoy día los modernos hornos necesitan de dos horas y media para quemar un cuerpo. Aún pretendiendo que existieran cien instalaciones de hornos en Auschwitz, serían necesarios .15 años – ¡quince años!– para quemar tres millones de cuerpos, en 12 horas diarias. El campo sólo operó durante cuatro años.
«Las cenizas de un cuerpo pesan aproximadamente dos kilos y medio. Tres millones de cuerpos producirían 7.500 toneladas de cenizas. Dada la escasa densidad de la ceniza, se hubieran producido gigantescas montañas de ceniza. ¿Dónde están? ¿Qué fué de ellas?»

El Doctor Scheidl, alemán aunque no nazi, y ex-internado en Auschwitz, escribe:

«Después de la guerra, Auschwitz fué herméticamente cerrado al exterior. Nadie pudo visitarlo. Desapareció totalmente tras el Telón de Acero.
Cuando se volvió a abrir, dijeron que los alemanes habían volado las cámaras de gas, y al mismo tiempo los hórnos fueron expuestos a la vista del público. Ese hecho, por si mismo, demuestra la mentira. Según los planos (sin duda, falsos, pero admitidos como verdaderos por el Tribunal de Frankfurt) las cámaras de gas debieron estar en el sótano, y los hornos encima. En.esto han coincidido todos los testigos de cargo. Ahora bien: ¿Cómo se las arreglaron los alemanes para volar el sótano y dejar intacta la parte superior? Esto es física y técnicamente imposible». 2

Como este es el último campo de concentración en el cual pueden dar al fraude de los Seis Millones una cierta plausibilidad, los sionistas se aferran con psicopático frenesí a las absurdas cifras de Auschwitz. La última demostración la ha proporcionado Simon Wiesenthal, el auto-nombrado perro sabueso que persigue a supuestos responsables nazis de crimenes contra los judíos. En marzo de 1973, la revista alemana «Deutsche Buerger Initiative», de Frankfurt, publicó un panfleto, editado por el Doctor Manfred Roeder, Fiscal del Tribunal de Hesse, titulado «Die Auschwitz Luege» (La Mentira de Auschwitz). El Doctor Roeder cita una frase del conocido abogado judío, Benedikt Kautsky, internado en Auschwitz durante tres años, quien manifestó:

1 Aún cuando ya lo hemos comentado, queremos resaltar de nuevo la imposibilidad práctica de
guardar u secreto conocido por miles de personas, desde Hitler hasta el último guardián de un campo.
(N. del A.)
2 Franz Scheidl: «Geschichte der Verfemmung Deutschlands».

«Estuve en los mayores campos de concentración de Alemania, incluso en Auschwitz. Pero debo testificar, en verdad, que en ningún campo vi, jamás, una cámara de gas». 1

El panfleto editado por Roeder contiene las manifestaciones de un testigo ocular, Thies Christophersen, que estuvo un año en Auschwitz. A pesar de que el panfleto es una serena y ponderada refutación de la cifra de los Seis Millones en general, y de los tres o cuatro millones atribuidos a Auschwitz en particular, Simon Wiesenthal tuvo la osadía de exigir al Gobierno de Alemania Occidental que retirara de la circulación el folleto, como insultante a la memoria de los Seis Millones de judíos gaseados por los nazis.
Naturalmente1 el aterrorizado Gobierno de Bonn cedió a las exigencias de Wiesentahl, sujeto, que, incidentalmente, se pasea por medio mundo tomándose «su» justicia por su mano raptando y asesinando, sin que ningún gobierno se atreva a aplicarle la ley.
Hace muchos años, cuando las escuelas proporcionaban educación, además de enseñanza, nuestros libros contaban la historia del mentiroso que se da cuenta de que un cierto número de mentiras son necesarias para «demostrar» su primera mentira. Este simple ejemplo forma la base de la afirmación judía de ser un pueblo perseguido, y la primera mentira sobre campos de exterminio ha debido, forzosamente, tener una secuencia de mayores y mejores mentiras. Una gran mentira tiene infinitamente más éxito que una mentira pequeña. El asesinato de seis judíos podría ser facilmente examinado y demostrarse que es falso; pero seis millones de asesinatos son demasiados para ser fácil y rápidamente sometidos a un examen critico. En el Proceso de dejadas de lado. En ningún tribunal del mundo – al menos, en ningún tribunal de un Frankfurt contra los guardianes del campo de Auschwitz, todas las reglas de la jurisprudencia han sido país civilizado – un reo será acusado de haber cometido un número vago e indeterminado de asesinatos. Pero en Frankfurt se acusó a los guardianes de haber dado muerte... «de dós y medio a cuatro millones de personas». Las cifras ya no significan nada... En ningún tribunal civilizado se presumirá culpable al acusado mientras no se haya ronunciado un sentencia. Cualquier periodista que presuma la culpabilidad del acusado será castigado con presidio por ultraje al Tribunal y el proceso será suspendido. En Frankfurt, todo era al revés. Allí, los periódicos y otros rganos de «desinformación» pública desataron una campaña de fal sedades e injurias contra los acusados antes del juicio, durante el juicio y después del juicio. Cuando un fontanero del campo de Auschwitz fué absuelto, se organizó una campaña de prensa poniendo en duda la honorabilidad de los jueces. Un cambio notable en la parodia jurídica de Frankfurt fué la sustitución del jurado – ¡una institución tan democrática! – por una serie de jueces, cuidadosamente nombrados a dedo. De este modo se evitaba que el sorteo designara a un jurado de mentalidad independiente que fuera capaz de dar un veredicto no acorde con lo que se había prejuzgado.
Los procesos de Frankfurt intentaron – y en muchos caso lograron – sobrepasar en pintoresquismo los procesos de Nurenberg. Omitiremos las referencias a un montón de cosas que se admitieron como evidentes, tales como la quema de bebés judíos en gigantescas piras, el asesinato de unos judíos por un SS provisto de una metralleta, porque los judíos en cuestión discutían acalorada mente y no le dejaban dormir, etc., etc. Un chico judío contó una escena tan horripilante, que él mismo se puso a llorar. Los periodistas lloraron. Los jueces lloraron. El Jurado en pleno lloró. Y al día siguiente el juez debió guardar cama, por sentirse indispuesto tras el drama que había escuchado el día anterior. Incidentalmente, el chico promotor de tan lacrimógena orgía, tenía 17 años, y recordemos que los juicios de Frankfurt se celebraron en marzo de 1964, veinte años después del drama.
Claro que el chico contaba una historia que a su vez le había contado alguien. 2 Una testigo judía que lucía unas antiparras respetables y que declaró que no pudo divisar las atrocidades de Auschwitz demasiado claramente debido a la debilidad de su vista, reconoció, 20 años

1 Benedikt Kautsky: «Teufel und Verdammte».
2 «Nationalist News», Dublin, Marzo 1964.


después, al «acusado» Hoffmann, que entretanto, se había dejado crecer la barba y se hallaba a 50 metros de distancia. 1 No obstante, nos detendremos a examinar un par de «pruebas» admitidas por el Tribunal que, a nuestro juicio merecen atención, no por su valor intrínseco, sino por reflejar el desprecio que determinados judíos sienten por la inteligencia de los no-judíos. La primera fué la declaración – admitida por el Tribunal – de que el pelo de las cabezas de los prisioneros de Auschwitz se utilizaba para fabricar cuerdas para ser usadas por los submarinos. Lo que más nos admira, personalmente, es la precisión de las declaraciones. No bastaba con decir que el pelo se utilizaba para fabricar cuerdas. Debían ser cuerdas para submarinos. Este pelo, presumiblemente, no era suficientemente fuerte para acorazados. Nos imaginamos al comandante de un U-Boote, en medio del Atlántico, a la luz de la luna, murmurando:

«Ya no es el mismo pelo ensortijado de los rabinos de antes de la guerra... Lós judíos de ahora usan demasiado tónico capilar y perfume y esto debiita las fibras de las cuerdas».

Lo que sorprende es que esas cuerdas de pelo no se utilizaran en las horcas, que, sin duda, debían estar diseminadas en el campo de Auschwitz como narcisos en un claro del bosque. La segunda historia es una verdadera joya. Es la historia de un soldado de las SS, que fué hallado convicto de haber mandado a su casa un lingote de oro hecho con las extracciones de dientes de... «20.000 a 100.000 judíos gaseados»... Decididamente las cifras no significan nada y 80.000 más o menos es una insignificancia. Supongamos cuatro dientes de oro por boca; ese lingote de oro ha debido hacerse al menos, con 80.000 dientes, o con 400.000 si aceptamos el presupuesto máximo de 100.000 gaseados. Suponiendo que sólo se emplearan dos minutos por extracción – tiempo rápido para una mandíbula en pleno rigor mortis – , el tiempo necesario para recuperar estos dientes de oro seria, para usar el moderno argot técnico 2.666 horas dentales (mínimo) o 13.334 horas dentales (máximo). Uno está tentado de decir que los dentistas de Auschwitz no tenían un sindicato que les
protegiera eficazmente.
Thies Christophersen, a quien ya hemos aludido, niega resueltamente que existiera el «crematorio gigante», con una enorme chimenenea, cerca del campo de Auschwitz.

«Cuando salí del campo, en diciembre de 1944, no ví ninguna chimenea, ni grande ni pequeña». 2

¿Existe hoy ese misterioso edificio, con su gigantesca chimenea...? Pues no. El autor «concentracionario» judío, varias veces citado por nosotros, Reitlinger, afirma que fue completamente demolido en octubre de 1944, aún cuando Chnstophersen niega que existiera tal demolición. No obstante, Reitlinger no es, en este caso, un testigo de primera, sino de segunda mano. A él se lo dijo un colega judío, el dóctor Bendel, y este Bendel es el único testimonio de la existencia y posterior demolición del «horno gigante». Mejor dicho, era el único testimonio, porque cuando Reitlinger le citó en su libro, ya había muerto.
Reconozcamos que la situación es extrañamente típica. Cuando se llega a un punto en el que se precisa una evidencia, en el sentido legal del término, una prueba, entonces... el edificio fué demolido, el documento «se extravió», las órdenes fueron «verbales». Otra cosa curiosa: el único acusado que no apa. reció en el Proceso de Frankfurt fué Richard Baer, el sucesor de Rudolf Höss como Comandante de Auschwitz. A pesar de hallarse en perfecto estado de salud, murió súbitamente er su celda de la prisión, dos días antes de empezar el proceso, «de manera extremadamente misteriosa». 3 Baer siempre había mantenido su versión de que en Auschwitz nunca existieron cámaras de gas, ni nunca creyó que tales cosas hubieran existido jamás en ningún campo de concentración aleman.

1 Id.
2 Thies Christophersen: «La Mentira de Auschwitz», pág. 37.
3 Id.

Según Christophersen, en fin, Auschwitz-Birkenau no era más que un gigantesco complejo insustrial, donde se fabricaba, especialmente, caucho sintético y en el que, si ciertamente se empleaba a los internados en trabajos forzosos, nunca tuvieron lugar exterminios masivos de judíos ni de ningún otro grupo étnico. Como cualquier gran complejo industrial Auschwitz fue organizado de manera sistemática pensando en dársele la mayor eficiencia posible. Las per sonas recién llegadas, y sin empleo, eran, de momento, acuarteladas en Birkenau, donde estaban instalados los campos de tránsito. Allí mismo estaban los campos para judíos y gitanos. Así mismo, las personas enfermas, muy en fermas ó moribundas eran igualmente enviadas a Birkenau, y si tomamos las cosas en tal sentido sí que puede afirmarse que Auschwitz era un»campo de la muerte». Con tal motivo, habían más hornos crematorios que en otros campos: cuatro, según Rassinier y muchísimos más según los diversos autores judíos, que se contradicen entre ellos hasta límites increíbles.
Otra contradicción se produce en el caso de la única prueba documental de la existencia de las «cámaras de gas», un documento triunfalmente exhibido por la Acusación en Nurenberg y posteriormente en Frankfurt. 1 Se trata de una carta de la Administración General de los Campos de Concentración dirigida a la casa Topf & Söhne, de Erfurt, en la que se solicita el suministro, no de cámaras de gas, sino de «hornos crematorios» y de unos llamados «baños duchas». Estos «baños duchas» son, según los mantenedores del Fraude, las célebres «cámaras de gas». Cuando los abogados defensores, en Nürenberg o en Frankfurt, preguntaban a los testigos de la Acusación en qué se basaban para llegar a tal conclusión, éstos respondían que los alemanes no eran tan estúpidos para formular claramente órdenes tan comprometedoras para ellos y que «baño ducha» significa, en lenguaje de código, «cámara de gas». Naturalmente no se molestaban en explicar dónde y cómo habían descubierto ellos la clave de tan abracadabrante código.
En cambio, pretenden haber encontrado una orden de cierto «alto jefe» nazi, en el sentido de que dejaran de utilizarse, temporalmente dichas «cámaras de gas»... de dónde hay que concluir que los alemanes eran muy estúpidos o muy listos, según conviniera a los razonamientos de la Acusación. Pero es que, además, no han hallado tal orden, sino que simplemente se apoyan en un testimonio de segunda mano, de un tal Kurt Becker, un oficial de las SS, que se lo «oyó decir» a Himmler. Este Becker salvó su vida protegiendo a la judía húngara Baronesa Weisz.

El gas utilizado en las «cámaras de gas» era el Zyklon B.

El Zyklon B era un bien conocido y ampliamente utilizado insecticida, producido por la «Deutsche Gesellschaft fur Schädlingsbekämpfung» (DEGESCH). Antes de la guerra había sido vendido en todos los mercados del mundo como insecticida de primera clase.
Durante la guerra lo utilizó la Wehrmacht y fué también muy empleado en los campos de prisioneros y de concentración y, naturalmente, fué empleado en Auschwitz. La constante amenaza del tifus causado por los piojos, y los calamitosos resultados de un alto forzoso en las medidas de desinfección en Belsen, hicieron que los alemanes extremaran las medidas de precaución en Auschwitz, donde ya en 1943 hubo una epidemia de tifus que fué de tal magnitud que debieron de suspenderse los trabajos en las plantas industriales de caucho sintético. En vista de la gran importancia del complejo industrial de Auschwitz para el esfuerzo de guerra alemán, no es sorprendente que el Zyklon B fuera usado en grandes cantidades en Auschwitz y su región circundante, incluyendo Birkenau, para la prevención de epidemias. Hagamos referencia, de paso, al hecho de que los alemanes eran los pioneros en gases tóxicos, mucho más baratos que el insecticida Zykion B, y de efectos más prácticos para el objetivo que se supone. Al terminar la guerra, se confirmó que los alemanes habían descubierto los tres gases tóxicos más poderosos de los conocidos hasta entonces: el Tabun, el Sarin y el Somán. El llamado Somán produce los efectos más terribles.1

1 Juicios de Nurenberg: Documento N. 1 1450/42/B 1/H.

Al cabo de unos segundos de aspirarlo, los hombres quedan sometidos a un estado de colapso convulsivo al que sigue la muerte segura, en cuestión de unos minutos.
Cuando un neurogas (Tabun o Sarin) pasa a través de la piel en cantidades efectivas, deja sentir sus efectos rápidamente y sobreviene la muerte al cabo de uno o dos minutos. Al final de la guerra, los alemanes estaban provistos de 7.000 toneladas sólo de Sarin; cantidad ésta más que suficiente para exterminar a los habitantes de más de 30 ciudades del tamaño de Paris.2  Es decir, que si hubieran querido realmente los alemanes gasear a sus judios, les bastaba con concentrarles en una reducida zona de la estepa rusa arrojando sobre la misma una ínfima parte de los gases letales que tenían almacenados.
Es absurdo que disponiendo de tales gases fueran a emplear un insecticida tan conocido en Alemania como el DDT en América y, después de la guerra, en Europa.
Los autores del Fraude saben muy bien que la mejor manera de «colar» una mentira es servirla aderezada con fragmentos de verdad, tengan o no relación con el caso. Además, es imprescindible, para autentificar un fraude, lograr una «doble interpretación» de los hechos.
Esto se logró en Auschwitz mejor que en ningún sitio. Por ejemplo:

a) No sería demasiado injusto el sobrenombre de «Campo de la Muerte» que se le adjudicó a Auschwitz, puesto que allí eran mandados, los considerados, en principio, enfermos graves, precisamente por disponer de las mejores facilidades médicás. Los mitómanos de los Seis Millones lo llamaron «Campo de la Muerte» por haber sido, según ellos, un campo de exterminio.
b) El Zyklon B era utilizado para desinfectar, pero según otros, para exterminar.
c) Las «selecciones» de personal eran necesarias por la naturaleza de los trabajos que se realizaban en la zona industrial de Auschwitz; pero se alegaba que esas «selecciones» tenían como finalidad escoger a los presos que se iban a gasear, y, posteriormente, a cremar.
d) Cuando se hacía desnudar a los presos y luego se les obligaba a entrar en los
«baños ducha» era para proceder a su despiojamiento, pero los del Fraude afirman que era
para gasearles.
e) Existían crematorios convencionales en Auschwitz-Birkenau. Para incinerar los cadáveres de los fallecidos por causas naturales o inherentes a un campo de concentración normal, según unos. Los crematorios eran para cremar a los gaseados e, incluso, a judíos vivos, según otros.
f) El mal olor que se percibía en el campo era debido al proceso de hidrogenación en la fabricación del caucho sintético. No. No era eso. Era el hedor de la carne quemándose en los hornos...
En realidad, esa «doble interpretación» sólo sirve para personas muy influenciadas por la propaganda, Las segundas alternativas propuestas en los cinco primeros puñ tos son obvias mentiras. En todo caso, son indemostrables, y no debemos nunca olvidar que en los sistemas jurídicos de todos los paises civilizados, se aplica el principio «in dubio, pro reo».
En caso de duda, se resuelve a favor del reo. En cuanto al sexto punto, el del hedor de los cadáveres asándose, es un error de los cultivadores del Fraude. Nunca debieron haber hablado de mal olor en su historia; si se nos permite un fácil juego de palabras, eso del mal olor, «huele mal». Es el clásico hecho excesivo. El querer demostrar demasiado. No hace falta ser un Gustave Le Bon, un Sorel, un gran especialista de la psicología de las masas para comprender que una multitud que percibe el hedor de los cuerpos quemados de sus camaradas, con los que ha estado conviviendo horas antes, cae presa del pánico, se produce la histeria colectiva y los guardianes de los miradores deben agotar su munición

1 [Falta]
2 Brian Ford: «Armas Secretas Alemanas».

ametrallando a la despavorida muchedumbre. No obstante, en toda la ingente literatura concentracionaria no hemos leído un solo relato de pánico colectivo. ¿No es esto increíble? Ya no nos circunscribimos al caso particular de Auschwitz. Nos dicen los Kogon, los Reitlinger, los Uris, los Hilberg, y demás apóstoles de este tipo de literatura, que en todos los campos los alemanes, gradualmente, iban exterminando a los judíos. Es inconcebible que los parien tes y amigos de los exterminados estuvieran tan «distraídos» que no se dieran cuenta de que estos habían desaparecido tras una sesión de despiojamiento. «Ante la creencia en un daño inminente, la multitud sedesmanda. Se produ.cen, entonces, actos inauditos de heroicidad y de desesperación, hasta que llega la histeria colectiva que sólo puede ser controlada y dominada por la vioÍencia serena de unos pocos». 1 La Historia nos demuestra que esta observación es atinada. Por ejemplo, al final de la pasada guerra mundial, los croatas y los rusos anticomunistas de Vlassov que, faltando a sus promesas, los
angloamericanos entregaron a los comunistas, se rebelaron, al enterarse de lo que se tramaba y, desarmados, se enfrentaron a sus guardianes. Hubo más de 15.000 suicidios; los hombres mataban a sus mujeres y luego se abrían las venas. Los pseudo-historiadores concentracionarios no citan ni un sólo caso de revuelta en los campos. ¿Tan diferentes eran los judíos de rusos, croatas y, en general, de cualquier otro grupo humano?... Habrá que creerlo así. 2
Podría escribirse un grueso volumen exclusivamente dedicado a narrar los falsos testimonios perpetrados en conexión con el tema de Auschwitz. Nos limitaremos a mencionar el caso Nyiszli.
El comunista húngaro Mikios Nyiszli declaró ante el tribunal que le escuchó muy seriamente, y luego lo publicó en un libro espeluznante3 que, en su calidad de detenido empleado en el campo de Auschwitz, se veía obligado a colaborar con los alemanes en la manipulación de los crematorios y las cámaras de gas. Dice Nyiszli: «25.000 personas, judíos, gitanos, rusos, ucranianos, etc., fueron cremadas en Auschwitz desde prinicipios de 1940 hasta 1944. Otro marxista como Nyiszli, pero no comunista, sino socialista, el ya aludido Paul Rassinier, respondió en su sensacional obra «Le Mensonge d’Ulysse» que:

«... 25.000 personas diarias durante casi cinco años supondría más de 45.000.000 de cremados, en Auschwitz sólo; y con cuatro hornos crematorios de quince parrillas cada uno – afirmación de Nyiszli que no responde siquiera á la versión oficial – a tres cadáveres por parrilla, harían falta. doce años para acabar de cremarlos a todos».

Rassinier pagaría su fidelidad a la Aritmética con un proceso en difamación que contra él entabló la Asociación de ex-deportados franceses, donde los marxistas tienen predominio casi absoluto. El proceso terminó con un «no ha lugar», lo que, dado el clima políticó de la época, constituyó un sorprendente éxito.
En el curso del proceso, Rassinier declaró que hizo esfuerzos denodados para ponerse en contacto con el tal Nyiszli, al que parecía habérselo tragado la tierra. Finalmente, consiguió entrevistarse con el traductor de la obra al francés, un tal T. Kremer (otro judio).
Rassinier no pudo llegar.a obtener la certeza de que el tal Nyiszli existió verdaderamente.
Dos años más tarde apareció una traducción inglesa del libro, titulada, simplemente «Auschwitz». El traductor era Richard Seaver, otro Judío, 4 y el editor Bruno Bettelheim,

1 Gustave Le Bon: «Psychologie des Foules».
2 Y no obstante, hay motivos para creer que los júdíos, ante la muerte, son extremadamente humanos.
Basta con leer a Arthur Koestler en «El Cero y el Infinito», donde nos describe las actitudes de sus correligionarios trotzkystas en el momento de ser llevados ante el pelotón de ejecución: lantos, pataletas, ataques de histeria, pérdida del control de la propia fisiología, etc. En cambio, en Auschwitz, se iban impertérritos a la cámara de gas. ¡ Inaudito!
3 Miklós Nyiszli: «SS-Obersturmführer Mengele».
4 Observemos que autores y editores de este tipo de literatura son siempre judíos, nunca Gentiles. (N. del A.)

de la misma raza. Nyiszli – si es que llegó a existir realmente – había ya muerto por entonces, toda vez que en el copyright del libro se especiflca que el détentor del mismo es una tal «N. Margaretha Nyiszli», viuda del autor. Igualmente se específica en la anteportada del libro que el autor, Miklós Nyiszli, era doctor por la Universidad de Breslau en 1930.
Según Rassinier es practicamente imposible poner de acuerdo los datos suministrados por las diversas ediciones (alemana, inglesa y francesa); es más, incluso es imposible obtener una consistencia interna dentro de una misma edición. En la edición francesa de 1960 sé puede leer que «sesenta hornos podían incinerar varios miles de cadáveres diarios», pero unas páginas después afirma que cada uno de los crematorios reducía a cenizas, diariamen. te, 10.500 cadáveres. Es una cifra realmente impresionante, pero lo chocante es que sólo dos páginas atrás el autor se contradice al afirmar que los hornos podrían cremar a 6.500 cadáveres diario, como máximo. En una palabra, una confusión total de datos y cifras.
Rassinier, que no pudo hallar un sólo testigo que hubiera conocido al tal Nyiszli, no pudo, tampoco, localizar a su viuda, que se supone cobraba los derechos de autor. Es muy importante tener en cuenta que Miklós Nyiszl, que se supuso, en un principio, que había declarado personalmente ante el Tribunal de Nuremberg, resultó luego que testificó por medio de una declaración jurada, tipo de testimonio que no se admite como prueba ante ningún tribunal del mundo, sino como simple indicio o corroboración. No ha sido posible demostrar la existencia del tal Nyíszli, ni tampoco que una persona de tal nombre se doctorara en la Universidad de Breslau en 1930, pues al ser anexionada esa ciudad por Polonia en 1945, los archivos de la Universidad pasaron bajo control del Gobierno Polaco, que no permitió que Rassinier investigara en ese sentido. Realmente, parece, por lo menos, sospechoso, qué si Nyiszli estaba en las listas de doctorados, el gobierno Polaco, principal defensor de la tesis de que Auschwitz fue un campo de exterminio, no permitiera esa investigación que debiera hacer resplandecer «su» verdad.



CONCLUSION:

6 millones asesinados (población de un país como Suiza), sin dejar rastro:
Sin arma del crimen.

Sin millones de cadáveres ni toneladas de cenizas ni huesos.

Sin encontrar ordenes en los kilómetros de documentos capturados de la dictadura mas disciplinada del mundo.

Solo declaraciones incongruentes de detenidos rencorosos y de unos SS torturados.

¿Millones de gaseados y ninguna autopsia diagnosticando 'muerte por gas'?  ¡Ni una sola!.



LA VERDAD SOBRE EL HOLOCAUSTO
LAS 6 PARTES
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PARTE 1

PARTE2

PARTE 4

PARTE 5

PARTE 6

PARTE 7








-★DESMINTIENDO ARITMETICAMENTE LA CIFRA DE LOS 6 MILLONES DE JUDIOS "GASEADOS" PARTE 3


PARTE 3







TRAGEDIA Y COMEDIA PAG. 60


Al estudiar el Mito nos hemos encontrado con situaciones verdaderamente grotescas, pues el histrionismo de los mantenedores del fuego sagrado les ha jugado una mala pasada. Hemos encontrado auténticos «gags», verdaderos chistes dignos de una antología del humor negro.
Antes de pasar a un análisis de lo esencial que sobre los principales campos de concentración se ha dicho, un pequeño intermedio humorístico nos ha parecido refrescante. El fiscal Joseph Kirschbaum, judío nacido en Alemania y naturalizado americano, convocó ante el Tribunal que juzgaba a los acusados de crímenes contra la Humanidad en el campo de Dachau, a un tal Jacob Einstein, con objeto de que testificara de que el acusado Menzel, guardián del campo, había dado muerte a su hermano, Simon Einstein. Cuando Menzel respondió que el tal hermano se hallaba en buena salud y, de hecho, sentado a unos tres metros de distancia del propio Kirschbaum, éste arrojó un legajo de papeles a la cabeza del pobre Jacob Einstein y le dijo:

«¿Cómo diablos quieres que lleve a ese cerdo a la horca si tú eres lo bastante estúpido para traer a tu hermano a esta sala?». 1

Este no fue un caso aislado. Cuando el Coronel A. H. Rosenfeid, Juez Principal de los acusados del campo de concentración de Dachau abandonó su puesto en 1948 para trasladarse a los Estados Unidos,
los periodistas le preguntaron si se habían ejercido «presiones físicas y morales» contra los acusados para que declararan de acuerdo con los deseos de la acusacion. su respuesta fue:

¡Claro que si! De otro modo, hubiera sido imposible hacer cantar a esos pájaros». 2


1 Arthur R. Butz: «The Hoax of the Twentieth Century», pág. 24.
2 Id., pág. 25.


Un testigo de la Acusación. sin duda un humorista, cuyo nombre era Krath y su origen étnico judío, declaró ante el Tribunal de Frankfurt que juzgaba los crímenes del campo de Auschwitz que él había trabajado en el laboratorio dental del campo y había visto al personal alemán arrancando los dientes de oro de miles de judíos recién asesinados, y antes de ser llevados a los crematorios. Añadió que «... casi cada día los asesinos de las SS se llevaban un camión lleno de dientes». Bien. Ya tenemos algo que llevarnos a la boca, si se nos excusa la expresión. «Casi cada día los asesinos de las SS se llevaban un camión lleno de dientes». Esta declaración nos permitirá manejar algunas. cifras que demostrarán la alta calidad y la integridad moral de ese testigo.
Con objeto de ponernos, como siempre. del lado más favorable a la interpretación de la tesis oficial judia, y para que el numero de gaseados destinados a ser cremados sea más bien subestimado que exagerado, partiremos de los siguientes supuestos:

1) Cada judío pensionista de Auschwitz poseía el juego completo de dientes con que le dotó Jehová, es decir, 32. Eso, al principio.
2) Porque, luego, cada judío los había perdido todos, sustituyéndolos – todos, los 32- por otros tantos dientes de oro.
3) Los asesinos de las SS, en vez de usar un camión, usaban una carretilla estilo jeep.
4) «Casi cada día» vamos a considerarlo como «un día sí y otro no».

Creemos, modestia aparte, hacer gala de un espíritu deportivo que merecería los plácemes del más exigente gentleman británico.
Supongamos que el jeep llevaba una plataforma de trasporte de 160 por 250 por 60 centímetros.
Esto da una capacidad de 2,4 metros cúbicos.
Suponiendo que cada diente judío tuviera 2 centímetros de largo por 6 milímetros de ancho y otros tantos de grueso, obtenemos una capacidad total, por cada boca de 32 dientes igual a 23 centímetros cúbicos.
De manera que cada jeep llevaba  1.382.400 dientes pertenecientes a 43.200 gaseados destinados a ser incinerados. Es decir, que cada día se gaseaban como preludio a su incineración-- 21.600 judíos. Lo que daba, sólo en un año, la cifra de 7.884.000 gaseados. Para ser luego incinerados. Y sólo en Auschwitz. Y eso incluye a los judíos con dentaduras completas de oro.
El inefable testigo, señor Krath, no fue arrestado en el acto por el Juez, por desacato al Tribunal. Porque desacato y ultraje es suponer que el Tribunal pueda tener tan descomunales tragaderas. El Juez, tampoco ordenó que el testigo fuera internado en un manicomio simplemente ordeno que se tornara nota de su declaración jurada que fue incorporada al dossier. 1
Otro testigo. Aaron Sommerfeldt hizo ante el Tribunal de Düsseldorf que se ocupaba de los crímenes del campo de Belsen. Esta original deposición:

«Los SS mataban durante toda la semana, pero nunca en domingo». Evidentemente. Esta declaración persigue un doble objetivo: por una parte ironiza sobre la festividad cristiana del domingo. Por otra, reactiva la vieja mentira del anticristianismo nazi, al «descansar», jocosamente los SS, los domingos, en que no mataban a judíos. Sommerfeldt identifico a un acusado, antiguo guardián del campo de Belsen, diciendo que le había visto «apuñalar y luego ahorcar» a un judío el 18 de Octubre de 1942.
Ese «juicio» se celebró en Düsseldorf el 13 de Enero de 1965. Admirémonos del «golpe de vista» del buen Aaron que reconoció, veintitrés años después, con ropajes civiles, a un hombre que, cuando le vio cometer ese crimen, llevaba traje militar, y en unas circunstancias en que el testigo decía estar bajo intensa presión psíquica, y también temeroso de que le sucediera a él lo mismo. Fantástica su memoria. Fantástico también, que recordaba la hora y la fecha exacta el 18 de Octubre de 1942. Admirable memoria. Con una sorprendente laguna, no obstante. Que, según el abogado defensor, el 18 de Octubre de 1942 era precisamente, Domingo. 2

1 «Evening Press», Dublin, 21 de Diciembre de 1964.
2 «Nationalist News», Dublin. Enero de 1965.


El celo de algunos propagandistas judíos para explotar el tema de los exterminios en Auschwitz no sólo ha devaluado la supuesta capacidad judía para la Aritmética sino que también ha servido para mostrar en cuán poco estiman ellos la inteligencia de sus lectores.

Lino de tales propagandistas es Olga Lengyel, que, en su libro, «Cinco Chimeneas» 1 comprobar los más minimos detalles sobre las cámaras de gas y los crematorios. Y afirma:

«Desde 1941, hubo en servicio cuatro hornos crematorios  y el rendimiento de esta inmensa planta de exterminación aumento extraordinariamente».
«Trescientos sesenta cadáveres cada media hora, que era el tiempo que se precisaba para reducir la carne humana en cenizas, totalizaba 720 cadáveres por hora, o sea 17.280 al día. Y los hornos, con asesina eficiencia funcionaban día y noche. Además, debemos tener igualmente presentes los «pozos de la muerte», inmensas piras que podían incinerar otros ocho mil cadáveres al día En números redondos, los nazis quemaban unos veinticinco mil cadáveres diarios.» 2

Bien. A efectos puramente polémicos, vamos a tomar como ciertas, como lógicas, las palabras de la Señora Lengyel, aún cuando más adelante demostraremos la inexistencia de esos «hornos gigantes». Ciñámonos, exclusivamente a la deposición de ese testigo, que compareció citados por la acusación en varios procesos antinazis y su testimonio fue, muy seriamente, aceptado por los respectivos Tribunales.
Según la Señora Lengyel, hubo 25.000 cadáveres diarios. Eso totaliza, al año, 9.125.000. Olvidándonos del período transcurrido entre 1940, cuando empieza a funcionar el campo de Auschwitz, hasta las supuestas instalaciones de los «cuatro nuevos hornos gigantes», tendremos que la cifra de seis millones de judíos exterminados por los nazis es falsa. Ya no se trata de seis millones, sino de ¡Treinta y seis millones y medio!... sólo en Auschwitz.
Una cifra que es superior al doble de la totalidad de la población judía en el mundo en 1939, según fuentes judías. Insistimos en que el anterior cálculo sólo lo hemos hecho para demostrar una vez más, la ligereza con que se citaban cifras ante los Tribunales y el desparpajo con que éstos las aceptaban.
Un testigo que, bajo juramento, hubiera hecho tal deposición ante cualquier Tribunal del Mundo, exceptuando Nuremberg, hubiera sido arrestado, en la sala, por orden del Juez, por manifiesto perjurio. Otto Hoppe, un guardián del campo de Dachau, estuvo en la cárcel, desde 1949, en que fué condenado a cadena perpetua por «crímenes contra la Humanidad», hasta 1965. Sus «crímenes contra la humanidad» consistían en haber dado muerte – según el testimonio de varios judíos – a un tal H.S. De Griessen y a un antiguo miembro del Reichstag llamado Asch. Huelga precisar que, según la Acusación, De Griessen y Asch eran judíos. Pero a mediados de 1965 se descubrió que De Griessen estaba vivo y gozaba de excelente salud, y que el diputado Asch nunca existió. 3
Tal vez fué en el proceso de Frankfurt, incoado contra los guardianes del Campo de Auschwitz, donde se batieron todos los records de maligna estupidez.
El abogado defensor fué amenazado por el Juez con ser llevado ante un Tribunal de «desnazificación» por osar poner en duda la veracidad de las declaraciones de un testigo presentado por la Acusación; dos testigos de la Defensa, Georg Engeishall y Jacob Fries, tras deponer en favor de los acusados, fueron detenidos en plena Audiencia. Finalmente, a los acusados no se les permitía hablar; sólo podían hacerlo cuando les interrogaba el Juez o la Acusación, y no se les permitían más respuesta que «sí» o «no». Fué, precisamente el Proceso de Frankfurt contra los guardianes del campo de Auschwitz el que superó todas las cotas de parcialidad por parte del Tribunal. Como ya se había demostrado, por organismo de indudable «cachet» democrático, que en toda Alemania no existieron, jamás, cámaras de gas, los mantenedores del Fraude de los Seis Millones se aferraron desesperadamente a la tesis de que tales cámaras existieron y funcionaron sólo en siete campos, ubicados en Polonia, el principal de los cuales era, con mucho Auschwitz.

1 Olga Lengyel: «Five Chimneys», Panther Books, Londres, 1959.
2 Id., p. 80-81.
3 «Europe Action», Coburg, 20–IX–1965.


Se había logrado demostrar que en los veintitrés principales campos de concentración alemanes no hubo tales cámaras de gas, a pesar de haberlas «filmado» numerosas películas propagandísticas angloamericanas. Pero al llegar a Auschwitz... «con la Iglesia comunista hemos topado». Allí se acababan las actividades de los comités de investigación, que tropezaban con la «palabra de honor» de las autoridades comunistas polacas, atestiguando que allí hubieron cámaras de gas, dándose el asunto por terminado.
Pues bien, para demostrar que en Auschwitz tampoco existieron las llamadas «cámaras de gas» quiso trasladarse a Frankfurt Paul Rassinier, ex-alcalde de Belfort, miembro del Partido Socialista S.F.I.O. (Sección Francesa de la Internacional Obrera), miembro del «maquis» que luchó contra los alemanes, inválido de guerra al 90 por ciento e internado en diversos campos de concentración alemanes. Los abogados defensores de los guardianes acusados solicitaron su presencia como testigo de descargo. ¡Pero las autoridades Oeste-Alemanas le denegaron el visado de entrada! Huelga decir que dicho visado no se negó a numerosos «supervivientes» que, procedentes de Israel, los Estados Unidos y el Este de Europa, se presentaron en Frankfurt para declarar como testigos de cargo. Tiempo habrá de ocuparse con el necesario detenimiento de la general actitud oficial del Gobierno y de los funcionarios de la llamada República Federal Alemana.



El campo de Dachau PAG. 63
Cuando las tropas aliadas occidentales penetraron en Alemania, la campaña propagandística desatada por las grandes agencias internacionales de noticias acerca de las atrocidades alemanas y, concretamente, de los campos de «exterminio», se hallaba en todo su apogeo. Es un hecho que cuando los americanos ocuparon el campo de Dachau, inmediatamente fotografiaron «cámaras de gas», «crematorios» y montones de cadáveres. Es evidente que un montón de cadáveres es lo que más se parece a otro montón de cadáveres. Perogrullada. Es cierto. Pero también es cierto que lo que caracteriza a esta época nuestra de intoxicación mental y de lavado de cerebro colectivo es, precisamente, el olvido de Perogrullo. Pues tales montones de cadáveres que aparecían monótonamente en la prensa, tanto podían ser de Dachau como de cualquier otro lugar. Y así, por ejemplo, luego resultó que uno de aquellos macabros montones, que se decían haber sido fotografiados en Dachau, por los fotógrafos de las libres democracias, habían sido fotografiados en Dresde, por los fotógrafos de la «Gross Deutchsland» tras el bombardeo inglés de aquella ciudad-hospital.
Es un hecho también, que nunca hubieron «cámaras de gas» en toda Alemania. En realidad, no las hubo en ningún lugar de Europa, pero, hasta ahora, sólo se ha admitido oficialmente su inexistencia en Alemania. Basta con recordar la conocida declaración del Instituto de Historia Contemporanea de Munich (en el que trabajan numerosos judíos) que, textualmente, afirmaba: «Nunca hubieron cámaras de gas en ningún campo de concentracion situado en el territorio del antiguo Reich». 1

1 Instituto de Historia Contemporanea: Declaración del 19-VIII-1960.


No obstante, los americanos afirmaron que tales «camaras de gas» existían. Luego. Súbitamente. se hizo el silencio, al comprobarse que las pretendidas «camaras de gas» no eran más que unos «baños-ducha» para despiojar (lamentamos la palabra, pero no hay otra, y, además, es la traducción literal del alemán y del inglés) a los internados, especialmente a los prisioneros procedentes del Este.
Pero si se dejó de hablar de «cámaras de gas» en Dachau, sí que se organizó un clamoreo inmenso a propósito del crematorio gigante instalado en aquel campo. Durante mucho tiempo, todo el mundo estuvo convencido de que en tal horno se incineraban los cadáveres de los gaseados judíos. Aunque luego, al demostrarse la inexistencia de las «camaras de gas», se aseguró que las víctimas eran directamente incineradas, es decir,  quemadas en vivo. Aparte de que no debe ser tarea fácil colocar a unos individuos en unos hornos, recomendándoles que se estén quietos mientras se ponen en marcha las parrillas que deberán reexpedirlos «ad patres» convenientemente transformados en cenizas, el procedimiento de ejecución sigue pareciéndonos barroco, costoso en tiempo, en energía y rebuscado.
Nos recuerda demasiado aquellas películas americanas de la serie Fantomas en que el bueno y la chica, atados de pies y manos ante los malos. Armados hasta los dientes, eran encerrados en una cámara hermética. Al cabo de unos angustiosos instantes. Empezaba a emanar el agua de un grifo colocarlo en el techo; primer plano del bueno, sosteniendo a la desmayada chica con sus manos. Por encima de su cabeza, mientras el líquido elemento llega, inexorablemente, a su barbilla. Entonces, la Policía logra abrir las compuertas, salvando la vida de los protagonistas, los cuales todavía llegan a tiempo de capturar a Fantomas en el momento en que va a poner pie en la frontera mejicana con el maletín conteniendo el millón de dólares.
 El lavado de cerebro colectivo, llevado a cabo por la «mass media», ha logrado que la infantil y fantomática historia del crematorio de Dachau sea aceptada por ignaras masas de crédulos lectores, auditores y televidentes, los cuales no parecen haberse interrogado sobre el por qué del «modus operandi», tan inútilmente complicado de los verdugos nazis. Teniendo en sus manos a una inerme masa de prisioneros, a los que se asegura que deseaban exterminar ¿por qué no hacerlo a garrotazos, o, máxime, a tiros, en unos días, en vez de complicarse la existencia con crematorios, por no hablar de las super fantomaticas ‘cámaras de gas»?
Se argüirá que esta pregunta no constituye, ni directa ni indirectamente, una prueba; que no pasa de ser un indicio. Que los nazis podían estar poseídos de locura diabólica, como Fantomas. Pues bien: El arquitecto Karl Johann Fischer, de Munich, internado por los americanos, después del final de la guerra, en Dachau, se presento voluntario para proceder a la limpieza del crematorio, del que se contaban horrores.

«Lo que pude ver y constatar sobrepasó mis previsiones. Aquellos hornos, recientemente construidos, no estaban, siquiera, secos; la albañilería todavía no había cuajado del todo. Además, todas las partes metálicas estaban nuevas y no habían conocido jamás el contacto con el fuego. Allí no se hubiera podido asar un perrito, ni siquiera un volátil, pues aquellos cuatro hornos no reunían las condiciones necesarias para ello. Aquellas construcciones de diletantes, que querían hacer pasar como hornos crematorios, no poseían ni siquiera una chimenea...» 1

Del anterior testimonio se deduce que los «libertadores» americanos, no sólo mantuvieron en funcionamiento el campo de Dachau, limitándose a la substitución de los anteriores internados por militares y civiles alemanes, sino que además se apresuraron a construir unos ridículos hornos crematorios atribuyendo su construcción y su uso a los nazis.
Según el testigo Gerhardt Rossberger, antinazi  y responsable alemán del campo de Dachau, desde Mayo hasta Septiembre de 1945, es decir, durante los cinco primeros meses de la post-guerra:

«en el campo de concentración de Dachau habia, antes de 1945, un pequeño crematorio, destinado a la incineración de las personas que morían victimas del tifus, pero nunca hubo ninguna cámara de gas. Los agentes americanos Howard y Strauss intentaron transformar el vestíbulo del crematorio en una «cámara de gas», pero cuando el mayor Duncan, americano y comandante del campo, se enteró del proyecto, rehusó su autorización» 2


1 «Deutsche Wochen Zeitung», 6-V -1977.
2 Id., 7- V– 1977.

El detalle de la chímenea olvidada, según el mencionado testimonio del arquitecto Fischer, quiso ser corregido más tarde, a principios de la década de los cincuenta, en que los americanos construyeron dicha chimenea, según otro testigo, alemán pero antinazi, Horst Kreuz, de Munich. No obstante, tampoco esta vez se hicieron las cosas bien, pues los constructores se olvidaron de ensuciar hornos y chimeneas con hollín, detalle que fue corregido mas tarde.1 Stephen F. Pinter, abogado del Departamento de la Guerra de los Estados Unidos, que sirvió en Alemania con las fuerzas de ocupación, por un periodo de seis años, manifestó, en el semanario católico «Our Sunday Visitor», lo siguiente:

«Estuve en Dachau diecisiete meses, después de la guerra, como Fiscal del Departamento de Guerra, y puedo atestiguar que en Dachau no hubieron ni cámaras de Gas ni crematorios. Lo que se mostraba al público como cámaras de gas no era más que un minúsculo crematorio para incinerar a personas que morían de enfermedades infecciosas, y precisamente para evitar la propagación de infecciones, muy especialmente el tifus. Se nos dijo que había una cámara de Gas en Auschwitz. Pero como estaba en la Zona de Ocupación Rusa no pudimos comprobarlo por no habérnoslo permitido las autoridades rusas. Por lo que pude investigar, en mi calidad de Fiscal del Ejército de los Estados Unidos, durante mis seis años de postguerra en Alemania y Austria, hubo un elevado número de judíos que murieron, pero la cifra de un millón, ciertamente, no se alcanzó. Yo interrogué personalmente a miles de judíos, ex–internados en campos de concentración alemanes y me considero tan bien informado como el que más en este sujeto». 2

Recalquemos que el señor Pinter ostentaba el cargo de Fiscal en el War Departament, es decir, en el Ministerio de la Guerra de los Estados Unidos.: Dachau era uno de los más antiguos campos de concentración alemanes, y albergaba mayoritariamente a presos políticos austríacos, presos comunes y, al final de la guerra, también soldados prisioneros, procedentes del frente del Este, en su mayoría.
Naturalmente, también había presos judíos, no englobados en las categorías que acabamos de enumerar. Los presos eran utilizados como trabajadores en fábricas cercanas, aunque también se dedicaban al cultivo de una plantación de hierbas medicinales instalada junto al campo y a secar pantanos y zonas cenagosas de las cercanías. El avance de las tropas rusas en el frente del Este forzó a las autoridades alemanas a evacuar cada vez más hacia el Oeste a su impresionante masa de prisioneros de guerra. Más del ochenta por ciento de esa masa estaba compuesta de rusos. Los bombardeos de la aviación aliada habían conseguido crear en Alemania, sobre todo a partir de mediados de 1944, una situación caótica. Como es lógico en una situación bélica, el suministro de abastecimientos, así como de armas y municiones para los soldados que luchaban en el frente gozó de absoluta prioridad. Luego, venían, por este orden, los suministros de víveres a la población civil y a los presos, militares y políticos. La guerra de bloqueo practicada por Inglaterra, y secundada desde su entrada en la guerra a finales de 1941 por los Estados Unidos, contribuyó notoriamente al fomento del hambre en Alemania, sobre todo a ‘partir del Otoño de 1944. Las consecuencias las pagaron, como era de esperar, la población civil y, aún más que ésta, los internados en los campos de concentración.
A principios, de Marzo de 1945, Kaltenbrunner dió la orden de permitir la presencia en cada campo de concentración, de un delegado del Comité Internacional de la Cruz Roja. Estos delegados tenían por misión supervisar la entrega de alimentos a los presos. Una parte de esos alimentos procedía de países neutrales.
El 29 de Abril, la mayor parte de los guardianes y empleados administrativos alemanes a cuyo cuidado estaba encomendado el campo, se retiraron hacia el Este; en vista de la inminente llegada de las tropas americanas. Sólo quedaron algunos guardianes al mando del teniente SS Wickert y el delegado de la Cruz Roja. Según los escritores judíos Franz Lenz y Nerin E. Gun, que se hallaban presentes en Dachau en el momento de la llegada de los americanos, lo primero que éstos hicieron fué ametrallar a los alemanes que iban a entregarles el campo. Ni los indefensos perros guardianes escaparon a esa suerte. El motivo de esos ametrallamientos fué, según afirman los citados autores judíos, 3 La indignación provocada en el jefe del destacamento americano por el hallazgo de un tren de mercancías en el que se encontraron unos quinientos cadáveres.

1 [Falta]
2 «Our Sunday Visitor», 14-VI-1959.
3 Nerin E. Gun: «The Day of the Americans» y Johann M. Lenz: «Christ in Dachau», aun cuando la probable autora de ésta última obra fuera la Baronesa Waldstein.


Se trataba, principalmente, de prisioneros de guerra rusos, muchos de ellos enfermos del tifus, que quedaron abandonados en una vía muerta de la estación de ferrocarril de Dachau, tras un bombardeo de la aviación anglo-americana, unas semanas antes del abandono del campo por la mayor parte de los guardianes alemanes. Butz afirma 1 que la versión de Gun y de Lenz es falsa en lo que se refiere al ametrallamiento colectivo de los guardianes; en todo caso, el delegado de la Cruz Roja omitió mencionar el «incidente» en su informe.
Según afirma el ya citado Fiscal norteamericano Pinter, 2 encontrar cadáveres en los trenes alemanes hacia finales de la guerra no era nada extraordinario, incluyendo los trenes ordinarios de pasajeros. A finales de Enero de 1945 llegó a Berlin un tren con ochocientos refugiados civiles, todos ellos muertos de frío. 3
El indescriptible caos creado por los bombardeos de los Aliados hacia que para un viaje de un par de horas se invirtieran, a veces, ocho días, sin alimentos y sin calefacción. En el caso de Dachau, a donde afluían, desde
Enero de 1945, muchos prisioneros de guerra rusos, la situación era todavía más grave debido al aludido bombardeo de la población, que afectó necesariamente al servicio de suministros al campo de concentración, aparte de que en el mismo, según Rassnier, cayeron también numerosas bombas. 4 En ese campo, según fuentes americanas, se encontraron a unos 35 ó 40 mil prisioneros de guerra soviéticos, 5 casi todos ellos en avanzado estado de infección tífica, y muy desnutridos. Los baños-ducha para despiojar (las, en un principio llamadas «cámaras de gas») eran demasiado reducidos; no daban abasto para la población del campo. En los cuatro pri meros meses de 1945 se produjeron quince mil muertes a causa del tifus. 6 En 1946, el Secretario de Estado del Gobierno «autónomo» de Baviera, Philip Auerbach, descubrió, en Dachau, una placa en la que podía leerse:

«Esta zona se considerará, desde hoy en adelante, como el altar del sacrificio de 238.000 judíos que aquí fueron asesinados en los hornos crematorios».

Este señor Auerbach, por cierto un judío, de profesión abogado, se especializó en demandas judiciales al titulado gobierno de Baviera para obtener sumas inmensas de dinero en concepto de «reparaciones» a los familiares de los judíos gaseados y cremados en Dachau. Hasta que un buen día se demostró que tales «victimas» – y, menos aún, sus «familiares» – no existieron nunca, y que todo no pasaba de ser una burda estafa. Y el señor Auerbach fue a la cárcel. Hoy en día, la placa de los «238.000» ha desaparecido, por ser la cifra manifiestamente imposible y por no haberse podido aún llegar, en Occidente, al inconmensurable cinismo del Este donde se mantiene todavía el mito de Auschwitz. La placa ha sido discretamente quitada. Porque tras sucesivas rebajas impuestas por la Aritmética, se ha llegado a la cifra máxima de 20.600 muertes, la mayoría causadas por el tifus y la desnutrición en los últimos meses de la guerra.

1 Arthur R. Butz: «The Hoax of the Twentieth Century».
2 Stephen F. Pinter, Id.
3 Christopher Burney: «The Dungeon Democracy».
4 Paul Rassnier: «La Mentira de Ulyses».
5 Boletín de la «American Association for the Advancement of Science». (Asociación Americana para
el Progreso de la Ciencia).
6 Boletín de la Cruz Roja Internacional, 1947.

El Cardenal Faulhaber, Arzobispo Católico de Munich, informó a los americanos de que, durante los bombardeos aéreos de la capital bávara en Septiembre de 1944 perecieron treinta mil personas. El propio Arzobispo pidió a las autoridades alemanas que incineraran los cuerpos de las víctimas en el crematorio de Dachau. Desgraciadamente, ese plan no pudo llevarse a cabo. El crematorio, que sólo poseía un horno – que se utilizaba para incinerar a los internados que morían de muerte natural y especialmente de enfermedades infecciosas – no podía hacerse cargo de aquéllos 30.000 cadaveres, según le informaron a su Eminencia las autoridades del campo.

De ello se deduce que todavía menos hubieran podido los nazis incinerar a los inicialmente pretendidos 238.000 judíos. Disponiendo – como. se ha demostrado – de un crematorio con un sólo horno, el número máximo de judíos que podían cremar los nazis, diariamente, era de doce. O sea, 4.480 judíos al año. Con lo que, para cremar en Dachau a los supuestos 238.000 judíos, hubieran sido precisos setenta y dos años. Es decir, que las complicadas ejecuciones debieran haber continuado ininterrumpidamente hasta el año 2.013, suponiendo que, como se dice, empezaran en 1941. Además, y tomando como promedio 2,5 kgs. de cenizas por persona, hubieran debido aparecer nada menos que 595 toneladas de cenizas. Casi seiscientas toneladas de ceniza, que es una substancia ligera, de mínima densidad. Hubieran debido aparecer verdaderas montañas.
¿Dónde están?
¿Cómo no se fotografiaron esas montañas de ceniza?
Ralph W. McInnis, un jurista norteamericano que fue Jefe Administrativo para la División de Relaciones Culturales y Educación del Programa de Desnazificación de Alemania, dimitió de su cargo en señal de protesta por las resoluciones del Tribunal de Nuremberg, regresó a los Estados Unidos y escribió un libro 1 sobre los abusos de las tropas de Ocupación Aliadas en Alemania y sobre los que se atribuían a los nazis. Al hablar del campo de Dachau Mclnnis dice:

«Estando de permiso visité el campo de Dachau... Al principio no vi ninguna razón para sospechar una burla, pero después de un examen más detenido de este cepo para turistas me vi obligado a llegar a la conclusión de que yo y millones de otros confiados americanos habíamos sido víctimas de noticias arregladas. En el interior de la cámara de gas (?) un curioso observador puede constatar que se halla ante un burdo fraude. De hecho, el engaño era demasiado perfecto, demasiado limpio, pues la cámara de los horrores estaba nueva y brillante, sin una mancha, rasguño, señal o deterioro que atestiguase que alguien había muerto alli».

Todavía tenían que pasar años para que el Instituto de Historia Contemporánea de Munich afirmase oficialmente que ni en Dachau ni en ningún otro lugar de Alemania o Austria había habido cámaras de gas. Pero, no obstante, cuando el comunista checo Franz Blaha, judío, declaró ante el Tribunal de Nuremberg que «la cámara de gas de Dachau fue terminada en 1944 y el doctor Rascher me encargó que vigilara las primeras víctimas; había ocho o nueve personas, de las que tres continuaban vivas, y las demás tenían los ojos enrojecidos, etc. etc...» 2, el Tribunal, que no se consideraba obligado por las reglas técnicas de la administración de pruebas (artículo 19) no se las pidió y el hecho, declarado de notoriedad pública (artículo 21) fue considerado como demostrado.
A consecuencia del perjurio del Doctor Blaha, muchos acusados alemanes fueron a la horca, pero a él nadie le pidió cuentas. Entretanto, el museo de horrores de Dachau continúa abierto al público. La placa de los 238.000 judíos muertos ya no está. La «brausebad» o sala de baños es presentada como lo que fue, una sala dedespiojamiento y no una cámara de gas. Y los «238.000» gaseados y cremados se han transformado, de momento, pues la cuenta sigue bajando, en 20.600 como máximo posible, por desnutrición y enfermedades infecciosas. Esta deflación hasta el 10 por ciento de la cifra original, continuará bajando hasta  un 6 por ciento, y un día será aplicada a la mítica cantidad de los seis millones.

1 Ralph W. McInnis: «Managed Atrocities».
2 Debates de Nuremberg, Tomo V, pág. 75.